Esta es la catedral de Villavicencio desde la esquina de los correos.  En una tarde apacible como muchas, la gente camina más lento, las voces se oyen no tan lejanas pero ya están mezcladas, son charlas amables, ya no se sienten los acentos de las urgencias del día. Todos parecen ir narrando su jornada y otros nada más se ausentan solenciosamente.

Que no se rompa esa calma con el progreso, que tengan la bondad de ponerlo en otra equina de la ciudad, por aquí todavía nos gusta reposar y rumiar nuestros pensamientos y ver pasar esa gente con su ignorada felicidad, apenas con sofoco, con un cansancio que se pasará con una sentada de un ratico.

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